jueves, 15 de enero de 2009

La Orden del Temple




A lo largo de la historia nos toparemos con historiadores, e inclusive, con pueblos enteros que están forjados fajo un carácter mítico y supersticioso. Tal es el caso del pueblo mexica en América, los antiguos egipcios en África y los griegos en Europa, pero no hay otro relato que llene de emoción y de adrenalina a los historiadores como la historia de la Orden del Temple, o como se llamo en sus inicios La Santísima Orden de los Pobres Caballeros de Cristo.

Espero les guste.



LA ORDEN DEL TEMPLE: LA PRIMERA LÍNEA DEL EJÉRCITO CRUZADO.


En el año 1118, muy cerca del aniversario número veinte de la primera y exitosa cruzada, donde los fieles devotos de la iglesia católica representada por el papa Urbano II (cruzados), arrebataron de una manera sangrienta y despiadada la ciudad de Jerusalén a los turcos selyúcidas de la dinastía fatimita (musulmanes), nueve caballeros se presentaron ante el patriarca de Jerusalén con el propósito de llevar a cabo y cumplir un solo voto, vivir lo que restase de su vida en obediencia y castidad, sin pertenencia ni propiedad alguna, solo vivir entregados al servicio de Cristo, misión que se cumpliría inclusive por medio de las armas.

Así comenzó la epopeya de una de las ordenes más famosas de la edad media, de Europa y del mundo, y no solo en la época medieval, sino de toda la historia; creadora de mitos y leyendas que hasta hoy en día siguen dando pie a especulaciones sobre aventuras y secretos milenarios que, difícilmente dejaran de formar parte del folklore y la cultura popular.

Todo comenzó con un personaje de nombre Pedro y apodado el Ermitaño, quien era un peregrino que acudía con frecuencia a Tierra Santa. El Peregrino Pedro gozaba un puesto privilegiado en la iglesia y era un allegado del papa Víctor III. Tras haber realizado varios viajes a Jerusalén, Pedro convence al papa de intervenir en los conflictos guerreros que acechaban Tierra Santa, pero no es hasta el régimen de Urbano II que el propósito de Pedro es llevado a cabo; pues Víctor III solo duro un año como papa, y su sucesor Urbano II, fue quien proclamó la primer cruzada el 27 de noviembre de 1095, con la aprobación del concilio de Clermont y efectuando el siguiente discurso exhorta a todo el mundo cristiano a pelear por la causa de Cristo.

“Quienes lucharon antes en guerras privadas entre fieles, que combatan ahora contra los infieles y alcancen la victoria en una guerra que ya debía haber comenzado; que quienes hasta ayer eran bandidos se hagan soldados; que los que antes combatieron a sus hermanos luchen contra los bárbaros.[1]

Comprometeos desde ahora; que los guerreros solucionen ya sus asuntos y reúnan todo lo que hace falta para sus gastos; cuando acabe el invierno y llegue la primavera, que se pongan en movimiento, alegremente, para tomar el camino bajo la guía del Señor”. “El que quiera venir en pos de mi, niéguese así mismo, tome su cruz y sígame”[2] (Mateo 16,24) (Citado por Urbano II).

Las palabras del papa en turno ocasionaron un gran entusiasmo entre la sociedad de ese tiempo, un fenómeno de migración se llevo a cabo hacia Jerusalén, los asesinos, ladrones y toda clase de marginados se unieron al movimiento cruzado, tomando una retazo de tela roja y colocándosela en el pecho como signo de unión, se unieron a los ejércitos cristianos para luchar contra los infieles y lograr su redención. En toda la Europa cristiana se implementó una política de salvación por los ministros eclesiásticos, la propaganda fue tal que gente de todos los sectores sociales se unió al movimiento, pues “participar en esta guerra santa otorgara la salvación a todo aquel que luche contra los infieles en el nombre de Cristo”.[3]

Dentro de todo este entorno es donde surge la idea de Hugo de Payns, de formar una orden de caballeros obedientes y castos al servicio del pontífice y Cristo, una orden perfecta y única, que se someta a los ideales de la iglesia y pelee por causas justas.

Seguramente Hugo de Payns se alistó en la primera cruzada con menos de veinte años de edad, fue en ella donde al ver la entrega, la fe y las habilidades con la espada de los caballeros cruzados surgió en su mente la idea de crear una nueva orden religiosa – militar, en la cual podía combinar la fuerza del acero con la disciplina sacerdotal, teniendo como único ideal el servicio a Dios. Dentro de esta primera cruzada encontramos un desborde de fe enorme, y era de esperarse que pronto encontrara algunos compañeros de batalla a los cuales les agradara la idea, que compartieran sus mismos ideales y su concepción de vida.

Los primeros miembros, y fundadores, fueron nueve incluyendo a Hugo de Payns, los otros ocho eran sus compañeros dentro de las tropas que lideraba el Conde Hugo Vermandois, hermano de Felipe I, rey de Francia. Sus nombres eran: Geoffroy de Saint – Omer, Andrés de Montbard, Archamband de Saint – Aigman, Payer de Montidier, Godofredo Bisson, Gondemaro, Hugo Rigaud y Rolando.

Los nueve presentaron su cometido frente al patriarca de Jerusalén y juraron lealtad al rey de dicha ciudad, lo cual les valió para ganar la aprobación para crear la orden. En un principio funcionaban como una especie de policía peregrina, pues su encargo era cuidar a los miles de peregrinos cristianos que acudían a Tierra Santa, en especial por el estrecho camino que se formaba entre Jerusalén y el Puerto de Jaffa, el cual era escenario de numerosos asaltos.

El nombre de la orden, en un principio, fue el de: La Santísima Orden de los Pobres Caballeros de Cristo, y durante los primeros nueve años no aceptaron ningún otro miembro. El cambio de nombre a Orden del Temple, o Caballeros Templarios, se dio a raíz de que tomaron como sede en Jerusalén el Templo del Rey Salomón. En un principio el Rey de la ciudad, Balduino II, los alojó en el ala sur del palacio, que era de su propiedad, justo donde alguna vez se localizaron los establos del Rey Salomón adyacentes a la imponente Cúpula de la Roca, pero después Balduino II les otorga el lugar para que establezcan su base militar. Es así como se conforma completamente la orden del temple, dice Guillermo de Tiro “como no tenían iglesia ni residencia, el Rey de Jerusalén – Balduino II – los alojó temporalmente en el ala sur de su palacio”.[4]

Como su primer nombre lo dice, realmente los inicios de la orden fueron muy modestos, se alimentaban con lo que la corona les daba, vivían de la caridad de los peregrinos y usaban ropa vieja que les era regalada por la gente de la ciudad, y aunque Guillermo de Tiro nos dice que “se sostenían con lo que las gentes les daban por la salvación de su alma”, pronto comenzaron a recibir donativos y rentas. Aquí es donde surgen la mayoría de las especulaciones acerca del verdadero objetivo de los Templarios en Tierra Santa, pues muchos historiadores consideran inconcebible la idea de que solo nueve caballeros fueran capaces de proteger a los miles de peregrinos que acudían frecuentemente, además de que las cartas, actas y documentos que se conservan de la fecha vinculados con la orden, prueban que hacia el 1126 ya contaban con más de quince caballeros y numerosos sirvientes y escuderos.

Las cosas que se dicen en torno a esto son diversas, algunos historiadores mencionan algo sobre una misteriosa y secreta excavación en los establos del templo, cuyo fin era encontrar alguna reliquia ancestral como el Arca de la Alianza, El Santo Grial, o el majestuoso e inmenso tesoro del Rey Salomón; algunos nos hablan sobre documentos de suma importancia para la iglesia e inclusive documentos prohibidos que acabarían con la iglesia si se mostrasen al público. Pero hacer caso a este tipo de hipótesis es caer sobre mera suposición, pues los documentos de esos años son escasos y no podemos afirmar con certeza si los caballeros templarios eran poseedores de un secreto ancestral o no, ni si quiera podemos asegurar con frialdad las actividades a las que se dedicaba la orden en esas fechas además de proteger los caminos.

De lo que si podemos hablar claramente, y sin ninguna duda, es sobre la institucionalización legal de la orden, para lo cual hacia 1127 el Maestre Hugo de Payns regreso a Europa. Su viaje iba dirigido en especial a Roma, pues tras haber obtenido la aprobación del Rey de Jerusalén para formar su orden solo necesitaba un fundamento político – religioso para legitimar sus acciones. A través de su corta y misteriosa historia los Caballeros Templarios se caracterizaron por tener influencias en el ámbito político, esto se puede observar desde sus inicios, pues para que consiguieran la aprobación del papa su amigo, Balduino II escribió una carta al entonces Abad, Bernardo de Claraval para que los favoreciese.

Si bien la idea de formar la orden y los ideales por los cuales luchaban los templarios se le atribuyen a Hugo de Payns, la institucionalización, y creación en la vía legal de la orden se debe a San Bernardo de Claraval, pues su audacia y precisión para responder a favor de la orden en el Concilio de Troyes fueron determinantes para su aprobación.

En esa época San Bernardo tenía veinticinco años, pero a pesar de su juventud era muy influyente dentro del aparato eclesiástico, había fundado una infinidad de monasterios, fue uno de los iniciadores de la Orden Monacal del Císter en Francia, escribía a reyes, a papas, era una personalidad arrolladora en el ámbito espiritual y redactaba tratados sobre teología. La petición de Balduino II fue bien recibida por San Bernardo, pues Hugo de Payns y Andrés de Montbard eran sus parientes y la idea de sacralización de la milicia le pareció buena.

De esta manera gestionó a favor de la orden, y tras varias platicas con Honorio II logro reunir a un gran número de obispos, arzobispos, abades y escolásticos en el Extraordinario Concilio de Troyes presidido por el cardenal Mateo de Albano. Tras varias semanas de cuestionamientos, dudas y deliberaciones el Concilio aprobó con entusiasmo la creación de la orden, como una manera de institucionalizar la cruzada y es San Bernardo quien se encarga de redactar una regla original en base a los ideales templarios.

De esta manera Hugo de Payns tenía todo lo requerido para iniciar con su empresa, ya tenía el permiso local otorgado por Balduino II, instalaciones significativas religiosamente hablando, fundamento en el cristianismo, el permiso mundial otorgado por el papa y eso no es todo, pues toda la nobleza europea estaba obligada a apoyarlo económicamente por decreto papal. Tal vez la idea del primer Maestre no era tan revolucionada, o tal vez sí, pero es un hecho que sus ideales se maximizaron en toda la Europa cristiana, la orden sestaba en las miradas de todos los católicos y todos querían formar parte de ella.

Hacía 1129, tras un recorrido por todo el continente, Hugo de Payns regreso a Jerusalén acompañado de aproximadamente de 300 caballeros y un gran número de escuderos y aprendices, lo cual anunciaba un repunte. En el año de 1130 San Bernardo termina de escribir su De laude novae militiae, el reglamento templario, en el cual se encarga de razonar como un ser cristiano puede ser un monje y un guerrero a la vez. Esto era lo único que hacía falta para poder regirse como una orden independiente, pues al poseer un propio código interno y autónomo la orden tenía una propia identidad. Todo esto causo una gran polémica en Europa, pues en la época las armas y los votos monacales eran concebidos en realidades muy distintas.

La fusión de los dos entes, los cuales eran el prototipo de ciudadano en esa época, fue una estrategia bien pensada por los fundadores, pues así ganaron la simpatía de la iglesia, de su rey y del pueblo que protegían; el monje por un lado representaba lo divino, lo generoso, la misericordia, por otro el soldado representaba la fuerza, la seguridad, lo cual se suponía que representaba la figura de un rey, pero dentro del discurso para legitimar su reinado el monarca decía ser elegido por dios, cosa que los templarios cambiaron por el discurso de “nosotros elegimos el camino de dios, y quien lo elija que se nos una.”[5]

Dentro los próximos años, la orden creció y se desarrollo prósperamente, y a pesar de la rigurosidad de su código, el cual incluía vestir con las ropas más sencillas, comer carne solo tres veces a la semana, no relacionarse de ninguna manera con ninguna mujer y tener estricta obediencia hacía sus superiores, encontramos que aproximadamente hacia la década del 1170 los monjes templarios ya tenían en su poder numerosas propiedades en toda Tierra Santa, y no solo en sus alrededores sino también en Europa, eran banqueros, prestamistas e inmensamente numerosos. Esta etapa de la orden es la que muchas usan como fundamento para echar a volar la imaginación, y aunque es válido puesto que el poder de los templarios era tan inmenso como para suponer que conservaban en su poder algo valiosísimo, también puede explicarse de una manera mucho más realista.

El crecimiento de su ejército puede explicarse por dos conductos diferentes, uno es por la simpatía que la orden despertó en las masas populares, pues los templarios eran como un sinónimo de policía cristiana, se les podía pedir ayuda en caso de un ataque, desde un peregrino solitario hasta un enorme reino podían solicitar la ayuda de los templarios. Además el hecho de ser monjes guerreros creaba en la mente de las personas de la época la imagen de un ser ideal, que no hace distinción entre clases, que solo sirve a dios y no al hombre. Todo esto tenía fundamento real en la obediencia al código y la vestimenta que utilizaban. El segundo conducto por el cual se puede explicar el crecimiento de la milicia templaria, es la fuerte demanda que tuvo la orden desde sus principios, ya que el ser templario se convirtió en una especie de moda y todo querían entrar a la orden a como diera lugar. Esto dio como resultado la integración de varios nobles y ejércitos enteros de nobles a la orden del temple, en algunos casos ladrones y condenados por cualquier delito llegaban a la orden, la cual les abría las puertas y los convertía en hombres de bien.

Todo esto influyó de manera directa en la economía, pues al crecer en número la orden necesitó más instalaciones. El integrar a nobles a la orden, aunado al favoritismo del papa y el decreto de que toda la nobleza cristiana europea tiene que apoyarlos, ocasionó que sin parecer unos monjes avaros, los caballeros templarios obtuvieran una inmensa riqueza superior a la de muchos reinos de la época, mencionando la evolución que esto tuvo y que desencadenó su trágico final, podemos hacer mención de las innumerables leyendas que protagonizan estos monjes guerreros, pues hasta la fecha las mayorías siguen vivas y siguen alimentando a estos místicos sujetos.

Los templarios sin pedir nada a cambio por su trabajo, pronto comenzaron a recibir testamentos de los beneficiarios, algunos ajenos a la orden y otros que eran de los nobles que pertenecían a ella, su fortuna se acrecentaba con el acumulamiento que traía consigo la entrada de nobles a la orden y con los réditos que obtenían de sus encomiendas, pero también en ciertas prebendas que les concedieron los papas.

Así como un ejemplo, la bula otorgada por Inocencio II hacia el año 1139, garantizaba una exención eclesiástica por la que los templarios solo tenían que responder ante el papa y los liberaba de los diezmos. Inclusive hubo cientos de dispensas para los templarios, en algunas les confirieron autoridad y beneficios más inusuales, como la facultad de construir sus propias iglesias, enterrar a sus muertos en sus terrenos e incluso recaudar impuestos en sus propiedades sin dar más cuenta por ello. En tiempos del historiador citado, Guillermo de Tiro, la orden se extendía por Alemania, España, Portugal y su nación originaria Francia. Si bien decía Guillermo de Tiro, “no hay provincia en el mundo cristiano que no les done parte de sus bienes. Su riqueza es comparable a los tesoros de los reyes”.[6]

Poco a poco y gracias a la enorme caridad ajena que recibían, los templarios fueron creciendo como orden en todos los aspectos, y apenas un siglo después la orden era una potencia económica, militar y religiosa la cual contaba con un ejército de aproximadamente cincuenta mil caballeros y unas once mil granjas y encomiendas, un número enorme de escuderos y artesanos propios a su servicio, millares de fortalezas, abadías, castillos y fuertes enclavados en las ciudades más importantes de toda la Europa cristiana, una flota propia de aproximadamente 500 barcos, puertos comerciales y militares privados y la que es considerada dentro por muchos historiadores de ese periodo la primera banca internacional, basada en el uso de una autorización escrita que garantizaba al autorizado percibir la cantidad especificada en cualquier castillo templario.


Como guerreros eran unas fieras, en la época eran temidos por musulmanes así como por católicos, y aunque se consagraron como excelentes soldados en Tierra Santa, lo curioso es que su primera incursión militar pudo no tener lugar en Jerusalén, sino en la península ibérica, pues dentro de la colección de actas oficiales de la orden denominada El Cartulaire général de Lo’dre du Temple, fechada entre 1119 y 1150, muestra que en marzo del año 1128 Teresa de Portugal, hija legítima del rey de León Alfonso VI, entrego a los caballeros templarios el castillo de Soure, construcción que se localiza cerca de Coimbra en la frontera con los musulmanes.

A pesar de que lo más probable sea que su primer incursión no se desarrollo en Tierra Santa, su leyenda y su verdad se escriben haya, pues fue en combate donde se ganaron la admiración y respeto de los cruzados y su estancia en Jerusalén fue lo que les obsequio el aura mística que los acompañara siempre.

No había ejército mejor que el templario, eran los primeros en intervenir, los últimos en retirarse, y no daban cuartel ni esperaban recibirlo. Un templario debía aceptar luchar en nombre de Cristo en toda circunstancia, aunque se encontrase en una gran inferioridad, tampoco podía pagar rescate, la manera de recuperar a los prisioneros era por medio de la espada, y por lógica no podía esperar que alguien pagara rescate por el sí caía prisionero. El obispo de Acre que se dedico a explicar la situación de Tierra Santa en el siglo XIII, Jacques de Virty, describió a los templarios como “leones en la guerra y corderos en el hogar; rudos caballeros en el campo de batalla, monjes piadosos en la capilla; temibles para los enemigos de Cristo, pura suavidad para con sus amigos”.[7]

Los Estatutos que se encargaban de regir a la orden, y en especial, en estos sentidos eran muy rigurosos pero también muy claros, los miembros no podían negarse puesto que al entrar a la orden tenían conocimiento de las reglas y leyes que la regia, señalan “ni un céntimo, ni una pulgada de tierra”. En ellos también se encuentra estipulado que es lo que se tiene que hacer en caso de sr derrotado, de manera muy explícita lo señala, estos dicen que “ningún caballero de resguardarse mientras la enseña esté erguida” y se añade, “y si viese que no queda ningún recurso, deberá unirse a la primera bandera del Hospital o a cualquiera otra cristiana o, en su defecto, ponerse a las ordenes de cualquier noble o príncipe cristiano que esté presente en la batalla”. De los veintitrés maestres que tuvo la orden durante toda su historia, trece murieron con su espada en la mano.

Su primera intervención en ultramar pudo haberse desarrollado hacia el año 1129, en el sitio de Damas, en Siria. A raíz de estas primeras experiencias en combate la orden fue reclutando una amplia gama de soldados, en pocos años después de su primer experiencia militar eran capaces de movilizar 400 caballeros y una tropa de tres mil quinientos soldados compuesta por hermanos sargentos y otros hombres de armas, como los turcoples y arqueros a caballo que constituían la caballería ligera del ejército templario.

En campaña, el ejercito templario hacía gala de una excelente eficacia y organización. El maestre era quien tenía el mayor rango, pero no por eso tenía menos obligaciones, todos los hermanos eran iguales. Tras él se situaban el senescal y el mariscal (el superior militar de la orden), los comendadores de los reinos de Jerusalén, Trípoli y Antioquia, el pañero (el encargado de las vestimentas), el turcoplier (que comandaba a los sargentos y soldados turcoples), el submariscal (el responsable de las monturas), y el gonfalero, que comandaba a los escuderos y portaba la enseña del temple. Por debajo de ellos se encontraba la propia guardia personal del maestre, los caballeros que eran de menor rango, los hermanos sargentos, escuderos, capellanes, etc.…

Dentro de las reglas y estatutos por las cuales se regía la orden, se describe con lujo de detalle desde cómo debían comportarse durante la marcha hasta la disciplina a seguir en combate. Toda actitud individual está prohibida, todos son un solo cuerpo y deben actuar al mismo tiempo, también está prohibido adelantarse a las órdenes.

El centro del ejército en formación era el baussant o gonfalón, el cual sostenía la enorme bandera de la orden, esta era mitad negra y mitad blanca con la característica cruz roja templaria. La enseña siempre acompañaba al mariscal, nunca se separaba de él, quien designaba hasta 15 caballeros como su guardia personal. La bandera tenía una gran importancia dentro de la formación templaria, pues representaba al mariscal quien tenía además el mayor cargo militar, en batalla las órdenes eran dadas por el mariscal y la bandera servía además como indicador del punto del cual procedían las órdenes. Por esta situación se cargaba con un segundo gonfalón plegado por si en batalla el mariscal llegara a caer.

A pesar de ser grandes soldados y valientes caballeros, muy organizados y unos experimentados estrategas en la guerra, los templarios pertenecieron a un punto de la historia donde el fanatismo religioso predominaba y las multitudes concentraban en ello sus propósitos de vida; esto fue lo que ocasionó la desviada guerra por los lugares santos y lo que les cobró a estos caballeros una alta factura.

Si se necesitara un adjetivo para calificar a estos monjes de la guerra utilizaríamos el término que la mayoría de los autores especializados en la época utilizan al referirse a los templarios, irreflexivamente temerarios. En varios documentos y actas de la época se describen además de las grandes hazañas realizadas por el temple, los grandes fracasos de la orden.

Como ejemplo de este fanatismo señalado, tenemos la batalla de Ascalón en 1153, donde murieron 40 caballeros. Durante esta batalla el ejército cristiano logro abrir una estrecha brecha entre las defensas musulmanas, los templarios se introdujeron por la brecha e impidieron que sus aliados cristianos los siguieran para ayudarlos. Una vez dentro de la ciudad, fueron inmovilizados por la estrechez de las calles, sin ningún conocimiento de la estructura peatonal no pudieron huir, fueron emboscados, abatidos, incluyendo al maestre y al mariscal, y sus cuerpos fueron colgados en las murallas de la ciudad. Pese a todo lo sucedido, y el gran fracaso con tintes suicidas de los caballeros templarios, al final del día los cruzados cristianos pudieron tomar la plaza de la ciudad sin ningún problema.

Otro caso similar se dio en el año de 1267, en un pequeño pueblo localizado en el medio oriente llamado Sfad, donde los 800 miembros de la orden que se encontraban en la guarnición de la fortaleza templaria, rodeados y sin recursos, prefirieron morir antes que rendirse.

Su fe para con Cristo y Dios, su obediencia hacia las reglas y estatutos de la orden y su entrega eran tan grandes y fuertes que inclusive una de sus más importantes plazas, el Castillo Peregrino, resultó ser inexpugnable. Nunca pudo ser tomado por sus enemigos, hasta su evacuación en el año de 1291. Después de todo la situación que se vivió en Tierra Santa, los enormes fracasos de las siguientes cruzadas y la caída de de San Juan de Acre y Jerusalén, la orden se trasladó a Chipre. La toma de la pequeñísima isla de Ruad frente a Tortosa fue su última acción en ultramar, pero los caballeros solo pudieron retenerla tres años y el temple, desanimado, sin metas y desprovisto de su propósito original entro en decadencia.

Mientras todo esto sucedía, el poderío económico de la orden crecía, la fuerza militar decaía de una manera estrepitosa y la economía de la orden se hacía cada vez más solida. La fortuna del temple, era sin lugar a dudas la fortuna más grande de todo el continente europeo; su grandeza llegaba a tal grado, que el rey de Francia era su deudor, y de tal magnitud era su influencia que Alfonso I El Batallador, monarca de Aragón, llegó a confiar su reino a la orden en su testamento, el cual nunca estuvo en poder de la orden puesto que esta desapareció mucho antes de que el rey de Aragón muriera.

En esta parte de la historia es donde la condena de los templarios toma forma, primero que nada tenemos que realizar un breve estudio a la persona de Felipe El Hermoso y de ahí desglosar el porqué de sus intenciones contra la orden, que era lo que buscaba dentro de esta organización, y cuál fue el propósito real por el cual Felipe El Hermoso decidió actuar en contra de quienes dieron la vida por Cristo.

A principios del siglo XIV el soberano francés que tanto citamos, Felipe El Hermoso, agobiado por las enormes y cuantiosas deudas que le ocasionaban las desastrosas, improvisadas y mal dirigidas campañas contra Flandes, encontró en la recaudación de impuestos la manera de revivir su fortuna. Su pretensión inicial se enfocó a imponer una especie de tributo a la iglesia, la cual choco con la negativa respuesta del papa Bonifacio VIII, el rey desesperado sin opción alguna recurre a la fuerza y por medio de Guillermo de Nogaret, quien después tuviera el puesto en Francia de Canciller, somete al papa Bonifacio VIII y lo hace su prisionero.

Con esta acción realizada Felipe tiene el camino libre, pues la muerte de Bonifacio VIII le permitió nombrar a papas franceses, como el sucesor Benedicto XI y Clemente V. EN 1303 Benedicto XI es declarado como papa y muere en 1305, aquí es donde Clemente V llega al máximo puesto y el papado desarrolla una especie de alianza con la corona francesa. Una vez aprobándose la regla tributaria de Felipe El Hermoso para las instituciones eclesiásticas en Francia, su desenfrenada ambición se dirige a quienes en práctica, y hablando de una manera literal, tenían en su poder la fortuna del reino francés, la orden del temple.

La ambición de Felipe era demasiado grande, y no solo se centraba en el poder económico, sino también en el poder político, pues la pugna que había sostenido con el papado de Bonifacio VIII no solo tenía su origen y final en los impuestos no aprobados, sino también en la negatividad de este ante las reglas del rey. Nos dice Calderón Ortega, “Felipe siempre fue una persona autoritaria, prepotente y nunca le pareció que alguien se opusiera a sus ideas”[8]. De esta forma es como justo después de hacer a un lado a la iglesia, de someterla a sus órdenes, su ambición no es del todo saciada, necesitaba algo más, necesitaba oponerse a algo más grande, y esa figura la encontró en la orden del temple. No se regían por las leyes oficiales del reino, solo respondían al llamado del papa, no luchaban por una patria, y sobre todo, eran muy poderosos.

Pero para poder llevar a cabo sus propósitos Felipe necesitaba también una coartada, debía pensar detenidamente en alguna trampa en la que los caballeros pudieran caer, todo tenía que ser legal puesto que un ataque descarado hacia la orden le costaría una enemistad con toda Europa, pues a pesar de que los templarios habían perdido y se habían desviado de su propósito original, la Europa cristiana todavía no olvida la entrega y las hazañas realizadas por los templarios en Tierra Santa. Felipe debía preparar una argucia que diera a la operación una apariencia de legalidad.

Fue entonces cuando salió a flote la sagacidad que lo había llevado hasta el trono, recurrió a algo inusual, pero no para la época, sino inusual para alguien que había sido participe de un movimiento tan importante para la cristiandad como las cruzadas. Nadie hubiese pensado en culpar a la orden del temple de una cosa tan simple pero tan increíble a la vez, si la gente de la época y en especial francesa, hubiese sido parte de una encuesta donde preguntaran sobre la inocencia de la orden, la mayoría hubiese contestado a favor del temple. Felipe lo estudio, consiguió testigos, abono el ambiente y atacó.

Desde su creación hasta la fecha, la orden siempre se mantuvo detrás de un velo místico y esotérico. No es nuevo el hacho de toparnos en plena era globalizada, a alguien que crea en las fantasías y mitos que envuelven a los templarios; los cuales radican desde la búsqueda o portación de una reliquia ancestral hasta el secreto del linaje de Jesús y María Magdalena. Proyectémonos a los tiempos de Felipe el Hermoso, si estos mitos y leyendas sobreviven hasta la actualidad, no hubiese sido difícil imaginarnos en esa época que los miembros de la orden adoraban en secreto a Satán, o que dentro de sus ceremonias y ritos se desarrollaban actos de herejía y paganismo.

El hecho es que la imagen de monjes guerreros y la entrega que ellos plasmaban hacia la cristiandad que dentro de las cruzadas les había dado prestigio y fama, se veía atacada cuando se vieron desprovistos de su propósito original. Tras tener cerca de doscientos años de vida, la orden atravesaba su momento más crítico. Durante el periodo de las cruzadas y la guerra santa ofender inclusive de palabra, no ayudar o no ofrecerle un triste alimento a un caballero templario era sinónimo de pecado y era severamente castigado; cerca del 1300 atacarlos verbalmente y ni siquiera saludarlos era común.

Este tipo de transformación del pensamiento ciudadano de la época tiene que ver con el hecho de que las cruzadas habían llegado a su fin, los musulmanes tenían en su poder la ciudad de Jerusalén y por ende, las ordenes religiosas ya no tenían una razón para existir. Tanto Hospitalarios como Teutónicos, Montesanos y Templarios eran víctimas de sospechas y habladurías, nadie confiaba en ellos y se temía por parte de la realeza europea que dichas ordenes se sublevaran contra la monarquía en una especie de revolución eclesiástica.

La misma iglesia ya no los veía como su brazo armado, o como el ejército del Vaticano, ellos también empezaron a ver a las ordenes como enemigos latentes. Dentro de toda esta atmósfera de avaricia y poder, los más afectados resultaron ser los templarios, puesto que las demás ordenes no eran tan grandes e número, ni tan poderosas económicamente, lo que les ayudo para pasar desapercibidas ante la perversión de los demás. Esto radica en que las demás ordenes al ser desprovistas de su propósito original, buscaron otro, o simplemente se dedicaron a vivir como soldados en sus abadías, monasterios y castillos.

Los Teutónicos se dedicaron a proteger su territorio de alguna próxima invasión y prestaban sus servicios al noble encargado de la jurisdicción respectiva. Los Montesanos vivían solamente en España y se dedicaba a la protección del reino. Los Hospitalarios se dedicaron a desempeñar el trabajo que les había valido su mote, puesto que el nombre real de esta orden era La Soberana Orden Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta, se dedicaron a atender los enfermos en sus hospitales, a fundar mas de ellos y a ayudar a las personas humildes y errantes. Mientras que los Templarios, al ser los más poderosos en milicia, territorio y economía, decidieron dedicarse a la administración de sus bienes.

Esto fue un cambio radical en cuanto la formación monacal del temple, pues en un periodo de veinte años sus propósitos militares pasan a ser empresariales, de ser soldados se convierten en magnates, corredores de bolsa y prestamistas banqueros. Parece que con el paso del tiempo los ideales de Hugo de Payns se volvieron cenizas, y surgieron unos nuevos conforme a la época.

Si se hace una comparación entre los últimos miembros de la orden, y los primeros nueve que la iniciaron, encontramos un abismo gigantesco. Los nueve fundadores eran demasiado humildes, no tenían ni siquiera una buena armadura y hacían votos de pobreza; los últimos templarios lucían hábitos estrafalarios y elegantes, inclusive manejaban casi toda la fortuna del continente europeo y eran inmensamente ricos. Dentro de este ámbito podemos señalar lo que parece ser el detonante que cambio la simpatía de la gente por los templarios, por un profundo asco, temor y fuerte odio.

Mientras que las demás ordenes vivieron sirviendo a la iglesia y la nobleza europea, como monjes guerreros y humildes siervos de Dios, los caballeros templarios se corrompieron y se volvieron amantes de lo mundano. Los caballeros templarios ya no eran vistos como soldados, ni como monjes, ni si quiera como cruzados, eran simplemente unos banqueros. El arquetipo de ciudadano que una vez fueron, al fusionar las imágenes del monje y del soldado cristiano, había perdido su fuerza moral al verse inmiscuidos en cuestiones monetarias. Nos lo dice Josep Guijarro en su obra, “el temple se preocupaba ahora más por su tesoro que por los peregrinos”[9]

Con el ambiente que se vivía en la época era fácil de imaginar alguna acción similar de parte de cualquier otro miembro de la nobleza cristiana para con los templarios, la cuestión es que ninguno tenía un panorama tan fácil para llevar a cabo una envestida de tal magnitud en contra del temple. En primer plano porque a pesar de la transformación de los ideales y estatutos que regían a la orden del temple, estos seguían siendo monjes extremadamente religiosos, seguían formando parte del clero y aunque el papado les hubiese perdido cierta simpatía, no podía negarles la ayuda, interceder por ellos en cualquier problema político o abolir las bulas en su favor ya establecidas.

Podemos situar los primeros cambios dentro de la orden a casi cien años de su fundación, pues para la primera década del 1200 el papa Inocencio III emitió una bula denominada la bula de De Insolentia Templariorum, en la cual se dirige al Maestre del temple pidiéndole más apego a los estatutos originales, y en la memoria de Hugo de Payns le pide que toda la orden demuestre más humildad. Esto no manchaba públicamente la imagen de la orden, puesto que el hecho de que los ciudadanos los odiaran no quiere decir que dentro de su no amplio criterio y conocimiento de la religión, los tacharan de sodomitas, herejes e idólatras.

La cuestión es que Felipe el Hermoso tenía los medios para acusarlos, pues el papa Clemente V era francés y había sido designado por el, tenía una razón para acabar con la orden pues la fortuna de todo su reino era literalmente manejada por los templarios y sobre todo, lo más importante, tenía las intenciones de disolver al temple. Los delitos por los cuales los acuso eran demasiados, pero el medio por el cual se valió para que el juicio y la acusación misma tuvieran fe y legalidad, fue el más inesperado. La calumnia.

Como ya se mencionó anteriormente, el territorio estaba abonado para que se diera algo parecido. El secretismo en el cual se envolvía la orden, sus ceremonias de iniciación, sus ritos que proclamaban un origen ancestral y su gusto por los placeres mundanos habían debilitado la imagen monacal de la orden, sin mencionar la inmensa fortuna que habían adquirido mediante testamentos, donaciones, reclutamiento de nobles y bulas papales, todo estaba puesto en una bandeja de plata; pero el único que lo aprovecho fue Felipe el Hermoso, aunado todo esto a su fuerte sentimiento de autoritarismo y avaricia, no tardo en buscar, obtener, entrenar y comprar testigos para avivar y hacer creíble semejante calumnia.

Felipe convocó al Maestre de la orden en ese entonces, Jacques de Molay, a la capital del reino París, con la excusa de discutir, analizar y meditar la posibilidad de iniciar una nueva cruzada. Jacques de Molay como todo buen cristiano y, rigiéndose bajo los estatutos originales de la orden de acudir al llamado de un hermano de fe y poner su poder tanto económico como militar a disposición de cualquier noble europeo acudió sin sospecha ni duda. Decidió explotar semejante oportunidad y se puso a trabajar con sus testigos.

Dentro de la historia del temple, desde su fundación hasta su disolución, no se puede ignorar la participación de personajes alegóricos, algunos influyentes otros idealistas, pero si tenemos que designar cual fue el más importante de todos creo que muchos nos inclinaríamos por Hugo de Payns por ser el iniciador de una historia plagada de aventuras fantásticas, de gran entrega, de sacrificio, de mitos y de leyendas. O tal vez por el Abad San Bernardo de Claraval, por haber simpatizado con la orden, por haber abogado en su favor y convencer al papa Honorio II de que diera luz verde a su creación como institución eclesiástica, o por haberles dado simplemente una guía de vida y una regla por la cual debían de regirse. Pero parece que realmente quien decidió el rumbo de la orden no fue ni Hugo de Payns, ni el Abad San Bernardo de Claraval, sino Felipe el Hermoso, el cual no hubiese logrado su cometido sin su testigo no menos importante, Esquiú de Froylan.

Esquiú de Froylan no era nada más que un ex convicto de la cárcel de Agen en Francia, el cual no dudo en vender al monarca los falsos testimonios de un caballero templario renegado que conoció supuestamente en dicha prisión, el cual supuestamente se mostraba ante el arrepentido por todas las cosas que había hecho dentro de la orden. Dentro de los testimonios de este supuesto caballero del temple se encontraban actos atroces como desmembrar niños, escupir sobre los crucifijos y todas clases de cruces, adorar a un ídolo en forma de cabeza, la cual tenía una barba rala y muy larga y simbolizaba la figura de Satán, tener sexo con muchísimas mujeres a la vez, herejía pura y sodomía.

Era todo lo que Felipe necesitaba para llevar a cabo su perverso plan, Froylan con el consentimiento de Nogaret, presento una denuncia de herejía contra los templarios a la Santa Inquisición. Guillermo de Nogaret era un allegado de Felipe, como ya antes se había mencionado fue unos de los cómplices de Felipe en el secuestro del papa Bonifacio VIII y después se convirtió en su canciller. Nogaret entró en la corte de Felipe el Hermoso hacia el año 1296, desde ahí dirigió la política del rey contra el papa y los templarios. Dirigió la cruzada denominada Albigense en contra de los caballeros Cátaros y fue excomulgado por Benedicto XI por haber sido participe de las agresiones a su antecesor Bonifacio VIII. Fue uno de los inquisidores más crueles y temidos de la época pero siempre fiel hacia la corona francesa.

Con Nogaret en la corte real y el Santo Oficio, todo se facilitó para Felipe y Froylan. Tras haber presentado su denuncia Froylan fue protegido por las autoridades del rey, el papa Clemente V solicitó una audiencia con el acusador pero este nunca se presentó alegando deberes con la realeza. Clemente V tomo una actitud neutral frente a todo esto, no podía oponerse a Felipe puesto que él lo había designado como papa, y era de esperarse que este esperara su apoyo indiscutible, pero tampoco podía quedar como el verdugo del temple. Sumándole a todo esta confusión, Clemente V tampoco tenía las acusaciones muy claras y decidió mantenerse al margen de las operaciones. En una carta fechada en 1307, el papa se dirige al rey de Francia, Felipe el Hermoso plasmando su profunda confusión al respecto del caso.

El Santo Ocio de la Inquisición, como era común que hiciera en estos casos, solicitó a las autoridades civiles el arresto de los inculpados sin hacer una investigación previa, sin ninguna averiguación exigió la detención de todos los miembros de la orden existentes en el continente. Como era de esperarse, el método empleado para procesar a los templarios tuvo éxito y fue en apariencia legal, porque aunado a todo lo que se viene planteando en el presente ensayo, el gran inquisidor de Francia, Guillermo de París, era también el confesor del rey Felipe desde 1305.

Llegó el día tan esperado para Felipe y su corte, el 14 de septiembre de 1307, Nogaret envió un mensaje a todos sus senescales ordenando la detención de todos los hermanos de la orden y la confiscación de sus posesiones. Un mes después, el 13 de octubre tuvo lugar la operación contra los caballeros templarios, a la misma hora en las aproximadamente tres mil casas de la orden del temple en Francia. Los caballeros templarios no presentaron ninguna oposición comportándose de manera gentil, e inclusive, dispuestos a cooperar en las investigaciones correspondientes.

Mientras todo esto ocurría Clemente V, el papa en turno, se mantuvo al margen dejando la operación en manos de la Inquisición francesa y las autoridades civiles. Para cuando quiso protestar e interceder por los templarios, los funcionarios del rey ya habían comenzado a torturar a los acusados, estos habían sido sometidos a un sin número de aparatos de tortura y admitido muchas culpas debido a las crueles practicas de los verdugos, los cuales eran comandados por Nogaret y Guillermo de París. En un proceso plagado de contradicciones, calumnias y sinsentidos, muchos caballeros, incluyendo al Maestre de la orden Jacques de Molay, confesaron exactamente lo que el rey pretendía que confesaran, desde renegar de la cruz y escupir las imágenes santas, hasta practicar satanismo y sodomía.

Aquí es preciso abrir un paréntesis dentro de la historia templaria. Gracias a los eficaces aparatos de tortura inventados por la Inquisición, los templarios confesaron cosas fantásticas e inimaginables que son el origen de la tradición esotérica y popular que los acompaña hasta la fecha. Los mitos alrededor de la orden son muchos, pero la mayoría tuvieron su origen aquí, en este tiempo de la historia y en el espacio de los calabozos del rey Felipe.
Primero abordaremos el mito del Baphomet. Mientras las confesiones surgían una tras otra en las diferentes cámaras de tortura, un templario al borde de la muerte debido las heridas causadas por los aparatos, confesó tener dentro de sus iglesias u ídolo en forma de cabeza, con un par de cuernos y una barba muy rala, semejante a la de un cordero, la cual se convertía en ocasiones en una mujer muy bella para darles placer sexual y que cuando algún ministro entraba a sus iglesias se convertía en un felino para poder escapar. El hecho que en primera instancia se relacionó a este ídolo con la figura de Satán, pero actualmente muchos de los estudiosos bíblicos relacionan a este ídolo con la cabeza de Jesús después de la crucifixión, o inclusive con la cabeza del decapitado San Juan Bautista.

Dentro de todo esto, también encontramos en una de las confesiones la increíble historia de un templario que afirmaba haber cruzado el continente y haber encontrado una ciudad repleta de oro, con una flora y fauna exótica y minas de oro inacabables. Los estudios relacionados con este mito señalan que los templarios tras su regreso de una campaña militar se habían topado con unos marineros vikingos, los cuales les habían otorgado el famoso mapa del conquistador de Groenlandia Piri Reys, el cual les indicaba la ruta para esquivar los monstruos del Atlántico y llegar a otro continente. Lo que le da fuerza a esta tesis es que la fortuna templaria era tan grande que las minas de toda Europa eran incapaces de producir tanto oro, y el hecho de Cristóbal Colón decidiera usar como estandarte la insignia templaria.

Otra de las confesiones arrojadas, nos lleva a la obtención de alguna reliquia como El Arca de la Alianza, el tan buscado y codiciado Santo Grial o algún documento de suma importancia para la iglesia. Lo cierto es que no solo los templarios, sino todas las ordenes de la edad media se dedicaron a la búsqueda de reliquias sagradas en Tierra Santa, para motivación personal o en ocasiones por que creían que estas los dotarían de un inmenso poder con el que podrían derrotar a los infieles musulmanes. Lo que le da mucha fuerza a esta tesis es el crecimiento tan rápido que tuvo la orden, tanto político como económico, los privilegios otorgados por el papa y la inesperada traición de la nobleza y el clero, así como la creación de las logias masónicas que tuvieron lugar tras la disolución de la orden, el hecho de que dichas sociedades secretas hayan adoptado rituales templarios, que se manejen dentro del mismo ambiente de secretismo, que sean también influyentes en la política, y los enormes recursos económicos, y sumando a todo esto que la fortuna de la orden en su totalidad jamás fue encontrada.

Pero como se mencionó al principio de este ensayo, el creer ciegamente en ese tipo de hipótesis es caer en los terrenos de la mera suposición, afirmar que el maestre ya sabía lo que les esperaba y que designo a un grupo pequeños de fieles caballeros para que escondieran la fortuna, o la llevaran hacía América son meras afirmaciones hipotéticas, sino es que hasta míticas. Nos lo dice Ávila Granados en su libro sobre mitología templaria, “no olvidemos que esta es una obra sobre mitología, si fuese sobre historia estaríamos narrando como sucedieron las cosas, y no porque”.[10]

Cerrando el paréntesis y retomando la faceta seria de la historia del temple, Clemente V no quiso ser mas cómplice de toda esta revuelta, criticó a Felipe y la manera de llevar a cabo el juicio, inclusive suspendió los poderes de la Inquisición en Francia, pero pese a todo esto Felipe no se detuvo, envió cartas, entre otros, al rey Jaime de Aragón y Eduardo II de Inglaterra exhortándolos a que lo imitaran para dar castigo a los herejes y ejemplificar mediante la acción. La respuesta de Jaime fue simple y sin rodeos, anuncio que el solo tomaría esas medidas si la iglesia y el papa se lo pedían, mientras que Eduardo con una actitud más serena y formal, le envió una carta donde afirmaba que los cargos y toda la operación en conjunto le parecían un absurdo fruto de la codicia de Felipe.

En medio de la indecisión del papa y el monarca francés, el segundo logró que setenta y dos confirmaran las confesiones sacadas con torturas. El juicio se prolongó más de lo debido y para 1310, cincuenta y cuatro caballeros de otras ordenes que habían solicitado hablar en defensa del temple y negado las acusaciones de la orden, fueron quemados en la hoguera por órdenes reales, con la acusación de Felipe de haber caído en la herejía que fomentaban los templarios, ser cómplices de estos y haber abjurado nunca blasfemar. El nombre original de la acusación es relapso herético contra la iglesia de Dios.

En estas circunstancias, otros caballeros del temple optaron por confesar sus delitos, por lo que fueron perdonados en 1312. En medio de todo esto, es conveniente citar la declaración de un templario para generarnos una idea de la brutalidad con que eran aplicadas las torturas, pese a señalar que todo lo imputado era falso, aseguro que por miedo estaba dispuesto a jurar que todo eso era cierto y que “mataría al mismísimo Dios si los inquisidores me lo piden”.[11]

En el año de 1311, Clemente V convocó a un concilio en Vienne, cerca de la ciudad de Lyon, para discutir abiertamente y abordar la inocencia o culpabilidad de la orden. Dentro del concilio se encontraban nueve templarios que se encargarían de defender la postura y la imagen de la orden. De nada sirvió que intentaran defenderla, tras discusiones acaloradas con el papa dentro del mismo concilio. Clemente V ordenó que los encarcelaran y se les juzgara igual que a los otros. Para el 22 de marzo de 1312, el papa decretó mediante la bula denominada Vox in excelso la disolución de la orden de los caballeros templarios, aunque no su condenación.

Esto no le molestaba ni le impedía en lo mas mínimo a Felipe seguir con su cometido, el juicio se alargaba cada vez más y una se veía por donde encontrarle fin. Nogaret retrasaba lo más que se podía el veredicto para que las torturas siguieran, esto con la intención de que ninguno se escapara a la confesión, y por ende a la condena de muerte. Felipe había ya casi finalizado su jugada maestra, su plan había salido casi a la perfección, no obtuvo el apoyo del papa, pero con la Inquisición de su parte no necesitaba más, lo único que faltaba era adueñarse de la fortuna de la orden, para lo cual necesitaba un decreto papal, Guillermo de París se encargo de presionar a Clemente, y Felipe consolido su éxito.

El 2 de mayo de 1312, por medio de la disposición Ad providam, ordenó el traspaso de los bienes de la orden del temple a La Soberana Orden Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta (Los Hospitalarios), con la excepción de los bienes que se encontraban en la península ibérica, especificando los reinos Castilla, Mallorca, Aragón y Portugal. La excepción se dio porque en estos lugares de la península las posesiones pasarían a las pequeñas órdenes de Montesa y de Cristo, respectivamente, en señal de apoyo y como un incentivo a las órdenes religiosas de monjes guerreros que no se corrompieron ni siguieron el camino mundano, incorrecto y hereje de los templarios.

Los caballeros templarios que no fueron declarados culpables se les permitió unirse a otras órdenes, pero la mayoría no prosperaron puesto que los estatutos no eran los mismos, además de que se desarrollo un conflicto de identidad con los de mayor antigüedad en la orden del temple, y la mayoría de los que buscaron unirse a otras órdenes terminaron en prisión por no respetar las reglas de dicha institución o se dedicaron a vagar sin un propósito por el mundo, algunos trataron de fundar otras órdenes aunque fracasaron, otros salieron del continente y solo algunos se resignaron y vivieron el resto de sus vidas como siervos o soldados comunes y corrientes.

Al parecer el plan Felipe estaba consumado, pero lo que no esperaba era que la bula papal donara los bienes territoriales y monetarios del temple a otras órdenes y no a la corona francesa, para lo cual invirtió los papeles bancarios, alegó que la orden era su deudora y retuvo una gran parte de la fortuna, aproximadamente unas tres cuartas partes en territorios y oro, y la orden del hospital no recibió lo que legalmente y por decreto le correspondía. Aun así Felipe no se quedo contento, pues el afirmaba que la orden poseía más oro, decía haber sido testigo de las montañas de oro que guardaban en sus bodegas y afirmó que con ayuda de Satán habían escondido el oro del papa, cosa que jamás se confirmó.


Por su parte el papa Clemente V se había dado el lujo de reservarse el proceso del maestre Jacques de Molay y de sus principales dignatarios. Tras un juicio rápido comparándolo con el anterior, y mucho más justo, todos fueron condenados a cadena perpetua el 18 de marzo 1314 por los cardenales que el mismo papa había delega precisamente para ese juicio. Pero en un repentino arranque de dignidad de parte Jacques de Molay y su preceptor de Normandía, Godofredo de Charnay, se declararon inocentes frente a todo el tribunal, afirmando que si eran culpables de algo, era de haber cometido el delito de faltar a la verdad por miedo a la tortura.

De esta manera fue como el último maestre se suicido en pos de lo que una vez quiso promover Hugo de Payns mediante la creación de la orden, pelear por causas justas. Acusados por el tribunal de relapsos, ese mismo día fueron quemados vivos por orden de Felipe el Hermoso en la isla de Cité, en París. De nuevo nos encontramos con un hecho relacionado con lo sobrenatural y la superstición, pues dice la tradición, Jacques de Molay después de pronunciar su discurso de inocencia, dijo en la hoguera frente a todo el tribunal del Santo Oficio, la Corte Real de Felipe y el público presente, que los responsables de aquella injusticia se presentarían ante Dios en el lapso de un año.

Lo curioso de todo esto es que mito o realidad veraz, todos los involucrados en la destrucción del temple murieron en el lapso de un año, desde Felipe el Hermoso hasta Clemente V, situación que da para imaginar y fantasear sobre la maldición de de Molay, pero esa situación también forma parte de las leyendas templarias que tanto resuenen en los medios y en las bocas de los estudiosos sobre el tema.

Así es como llega a su fin la historia de una de las órdenes religiosas más grandes, poderosas y famosas de la historia, la cual deja un legado y una maraña de secretos escondidos que nunca descifraremos, pues la falta de documentos y el secretismo manejado por la orden no nos permite indagar más sobre el tema. Sin embargo si podemos resaltar datos curiosos como el que principal juez de la Inquisición en el proceso de los templarios, Guillermo de Nogaret, estaba bajo excomunión legal desde que se inició el proceso hasta que terminó, siendo así su opinión invalida; o el hallazgo de un pergamino donde el papa Clemente V perdona a la orden, pero atrapado por el rey Felipe y temeroso de que el escándalo perjudicara a la iglesia, nunca hizo público el documento que los absolvía.


Haciendo una breve revisión a la vida de esta orden de monjes guerreros, se puede concluir que tras el término de la guerra santa, el modelo de ciudadano implementado por los templarios se volvió obsoleto, y al buscar una nueva identidad dentro de la sociedad eligieron la equivocada, puesto que no era acorde con su papel en la estructura del Medievo. Esto en conjunto con los sentimientos de odio y codicia de otros sujetos fue los que desencadenó toda una serie de problemas que culminó con la muerte del último maestre y de la orden.

Pero no podemos negar que su legado seguirá existiendo, mientras existan personas que crean en los mitos y leyendas templarias, que las difundan, y que las estudien, los templarios seguirán siendo objeto de la curiosidad de la gente, no por nada es la orden medieval más famosa y conocida en la actualidad, sus carácter místico y estérico llama la atención de la gente, y mientras no descubramos el verdadero misterio del temple, seguirá atrayéndonos.

Hugo de Payns estaría orgulloso de el ultimo maestre y su preceptor, pues murieron defendiendo los ideales de la orden, por los que el lucho y murió también, aunque habían perdido el camino, al final lo retomaron. “Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa”. Alegraos y regocijaos, porque grande será en los cielos vuestra recompensa, pues así persiguieron a los profetas que hubo antes de vosotros.[12]
[1] Urbano II, “Concilio de Clermont”, 1115, 1778, 1994
[2] Urbano II, “Concilio de Clermont”, 1115,1778, 1994
[3]Vargas Laurent, “El Libro Negro de los Templarios”,2006
[4] De Tiro Guillermo, “Historia rerum in partibus transmarinis gestarum”, 1170, 1947
[5] Seward Desmond, “Los Monjes de la Guerra: La Historia de las Ordenes Militares”, 2004
[6] De Tiro Guillermo, “Historia rerum in partibus transmarinis gestarum”, 1170, 1947
[7] De Virty Jacques, “Historia Orientalis seu Hierosolimitana” 1220 – 1297, 1992
[8] Calderón Ortega José Manuel, Felipe el Hermoso, 2001
[9] Triado Guijarro Josep, El Tesoro Oculto de los Templarios”, 2001
[10] Ávila Granados Jesús, “La Mitología Templaria: Los Conceptos Esotéricos de La Orden del Temple”, 2003.
[11] Plane, J, M, “Apología de los Templarios. Juicio y Expoliación”, 1993
[12] Mateo, 5,11-12, 1976

Por Benjamín Mendoza M.

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